Publicado el 06 de septiembre de 2026 por Juan López Cantalapiedra
El declive de los grandes herbívoros africanos
Autor: Juan López Cantalapiedra
Fotos: Juan López Cantalapiedra
Una de los aspectos que más fascina al público cuando visita museos de historia natural es descubrir que, en lo que hoy es su ciudad, habitaron animales gigantescos, algunos casi fantásticos. Por ejemplo, en la Península Ibérica, y hasta hace no tanto, se podían encontrar grandes bisontes, hipopótamos, rinocerontes, mamuts, o incluso elefantes de colmillos rectos de hasta 10 toneladas. Casi ineludiblemente al visitante le asalta una pregunta. ¿Por qué nuestra era ya no alberga esa diversidad de herbívoros gigantescos?
La pregunta, de hecho, tiene bastante miga, e incluso naturalistas clásicos como Cuvier, Lyell, Darwin o Lamarck ya estuvieron dando vueltas a las posibles causas. En un debate que ha llegado rodando hasta nuestros días la comunidad científica ha intentado desentrañar si los grandes mamíferos se extinguieron por cambios ambientales o por la caza humana.

Foto: Juan López Cantalapiedra
Si hablamos de las extinciones de los últimos 100.000 años, la balanza parece decantarse por la segunda causa. Al fin y al cabo la expansión de los neandertales y los sapiens por Europa, Asia, Oceanía y América coincide demasiado bien en el tiempo con la desaparición de buena parte de la megafauna en estas regiones. Sin embargo, África parecía ser un caso excepcional. Es en este continente donde hoy se puede observar la mayor diversidad y la mayor abundancia de grandes mamíferos del planeta. Durante mucho tiempo los expertos pensaron que la anomalía africana podría deberse a que humanos y megafauna habrían co-evolucionado allí durante mucho más tiempo. Esto habría propiciado cierto equilibrio natural que habría evitado en gran medida la extinción de los mayores mamíferos.
Pero en los últimos años el estudio detallado del registro fósil de grandes herbívoros africanos ha cambiado esta visión. La diversidad de herbívoros de más de una tonelada (o megaherbívoros) que hoy atesoran los ecosistemas africanos no es más que un relicto de una diversidad mucho mayor que empezó a entrar en declive hace… ¡4 millones de años! Hablamos de la época en la que vivieron los primeros Australopithecus y el género Homo ni siquiera había aparecido. Las herramientas más antiguas conocidas datan de hace 3,3 millones de años, servían para poco más que romper huesos de animales y extraer el tuétano. Las lanzas y las puntas de flecha más antiguas no aparecieron hasta hace unos pocos cientos de miles de años. Y es razonable pensar que sin esta tecnología la caza de grandes herbívoros no hubiese sido lo suficientemente eficaz como para determinar el colapso de poblaciones enteras. Más bien el patrón temporal parecía encajar mejor con la expansión de tipos de vegetación asociados a regímenes estacionales más marcados. Todo esto llevó a quienes defendían este declive tan prolongado a plantear que la extinción de los megaherbívoros africanos tenía causas ambientales.
Sin embargo, esta teoría dejaba algunos flecos por resolver. Primero, el papel del cambio ambiental no se había llegado a contrastar estadísticamente. Segundo, el declive se había detectado a nivel de ecosistema local, y se desconocía cómo este patrón se extrapolaba a escala de todo el continente africano. Esta y otras preguntas fueron el punto de partida de un estudio que hemos publicado recientemente en Nature Communications.
Al abordar la pregunta a nivel continental y a escala temporal de varios millones de años, podemos ver las edades de aparición y desaparición de cientos de especies, y conocer su duración. Estos ingredientes son los elementos básicos de los estudios macroevolutivos: los que investigan qué les pasa a las especies a lo largo del tiempo geológico.
Este tipo de aproximación permite calcular la extinción de los herbívoros de diferentes tamaños y ecologías a lo largo del tiempo. Pero además permite estimar a qué ritmo es capaz de producir nuevas especies cada grupo. Es decir, estimar su capacidad de especiación. Esto es fundamental, porque la diversidad de cualquier grupo de especies resulta del balance de la especiación y la extinción. Finalmente, nuestro modelo nos permitió combinar la ecología y el tamaño de cada especie con el clima que hizo en África en cada época. Perfeccionar este modelo nos ha llevado varios años, pero el resultado fue que por primera vez pudimos tener una idea clara del destino de todos los herbívoros africanos durante los últimos 23 millones de años. Y los resultados no han podido ser más sorprendentes.

Foto: Juan López Cantalapiedra
Como hemos visto al principio, todo el debate sobre el declive de los megaherbívoros se había centrado exclusivamente en las causas de su extinción. Pues bien, lo que encontramos fue que los mayores herbívoros que han habitado África, los que pesan entre 1 y 12 toneladas, no solo no se han extinguido más rápido que los más pequeños, sino que han tenido un riesgo de extinción un 20% más bajo que los herbívoros de menor tamaño. Sin embargo, estos gigantes también nos revelaron su talón de Aquiles macroevolutivo: no producen especies igual de rápido que los linajes de herbívoros con tallas más pequeñas. Como veremos, esta segunda faceta puede resultar fatal para la supervivencia de los megaherbívoros en tiempos convulsos.
El clima de África empezó a cambiar hace unos 7 millones de años, marcando una transición hacia ambientes con estaciones más secas y vegetaciones más similares a las sabanas que a los bosques tropicales húmedos que caracterizaron gran parte del Mioceno. Durante una primera fase que habría de durar hasta en torno a hace 2,5 millones de años, el cambio ambiental provocó un ligero incremento de la extinción, sobre todo entre las especies más típicas de ambientes forestales. En el resto de especies la diversificación se multiplicó, y África vivió una explosión en la diversidad de ungulados. Pero a partir de hace 2.5 millones de años, la tendencia climática se agudizó con las rápidas fluctuaciones climáticas dictadas por unas fases glaciales cada vez más marcadas. Todo apunta a que la aridificación estacional se intensificó y la productividad de los ecosistemas se desplomó. El resultado fue que la velocidad de extinción entre los herbívoros africanos se duplicó. El acelerón en la extinción fue generalizado, así que el factor que determinó el devenir de los diferentes linajes fue su capacidad de producir especies nuevas. De este modo, gracias a unas tasas de especiación altísimas, y mientras el resto de herbívoros se iba a pique, algunos grupos de antílopes consiguieron mantener su diversidad. ¿Y qué pasó con los megaherbívoros? Aquí fue donde su baja especiación fue decisiva: incluso manteniendo tasas de extinción algo menores al resto, entraron muy rápido en números rojos, y su diversidad se esfumó.
Por supuesto, la historia tiene sus vicisitudes, y descubrimos que, incluso dentro de los herbívoros más grandes, la ecología tuvo un papel fundamental. Por ejemplo, dentro de los proboscídeos, los grandes deinoterios no tuvieron la misma suerte que el linaje de los elefantes. Los deinoterios, con dietas dominadas por frutos y vegetación frondosa, siempre han tenido una diversidad muy baja. Fueron característicos de los ambientes forestales más húmedos, que no han parado de reducirse durante los últimos 7 millones de años. En cambio, sus parientes los elefantes fueron precisamente hijos de la expansión de las sabanas africanas. Las dos especies de elefantes africanos actuales (de sabana y de bosque) son un mero reflejo de la diversidad que llegó a tener este linaje en el continente. Con unos dientes y una masticación aptos para el consumo de la vegetación menos nutritiva y más fibrosa, los elefántidos tuvieron su máxima diversificación entre hace 5 y 2,5 millones de años. Lograron surfear en buena parte el cambio climático y prosperar durante la época de bonanza de las sabanas ultra-productivas del Plioceno. Antes de que todo se torciera hace 2,5 millones de años.