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Publicado el 17 de mayo de 2026 por Guillermo Rodríguez Gómez

¿Cuántos humanos podía alimentar un ecosistema paleolítico?

Autor: Guillermo Rodríguez Gómez

 

Hoy vivimos en la Tierra más de 8.000 millones de personas. Estamos acostumbrados a pensar en la humanidad como una especie capaz de transformar paisajes, transportar alimentos a escala global y sostener poblaciones enormes gracias a la agricultura, la ganadería, la medicina y la tecnología. Pero esta situación es muy reciente. Durante la mayor parte de nuestra evolución, los seres humanos vivimos y sufrimos de cerca los límites impuestos por la naturaleza.

 

Antes del Neolítico no había cultivos, ni rebaños domesticados, ni excedentes de alimentos estables. Los grupos humanos dependían de lo que cada territorio podía ofrecer en cada estación. Los recursos vegetales eran importantes, pero en el hemisferio norte eran a menudo estacionales y variables. Por eso, en muchas poblaciones cazadoras-recolectoras, los alimentos animales tuvieron un peso fundamental en la dieta, como también ocurre hoy en día en estos grupos. La carne aportaba energía y nutrientes de gran valor, pero también planteaba un problema evidente. No estaba disponible en cantidades ilimitadas.

 

Además, los humanos no eran los únicos consumidores de carne. Los ecosistemas del pasado estaban habitados por grandes depredadores y carroñeros: hienas, leones, grandes cánidos, panteras y, en épocas más antiguas, incluso los félidos con dientes de sable. Todos ellos competían, de una forma u otra, por una parte de la biomasa animal producida por los herbívoros. Por tanto, la cuestión no es sólo cuántas presas había, sino cuánta carne llegaba realmente a manos humanas, o mejor dicho, a bocas humanas.

 

Para responder a esa cuestión necesitamos mirar el pasado desde una perspectiva ecológica, como un ecosistema en su conjunto. Si conocemos qué animales formaban parte de un ecosistema, cuánta biomasa podían producir y qué otros depredadores compartían ese paisaje, nos podemos aproximar al problema fascinante de estimar cuántos humanos podían sostener esos recursos. En otras palabras, podemos intentar calcular la capacidad de carga humana de los ecosistemas paleolíticos.

 

Tomemos como referencia a las poblaciones actuales de cazadores-recolectores. Habitan ecosistemas muy distintos, desde paisajes polares, como los de los inuit, hasta sabanas africanas áridas, como las ocupadas por los san. Los estudios etnográficos nos dicen que sus densidades medias están en torno a un individuo por cada cuatro kilómetros cuadrados y tienen tamaños de grupo de unos treinta individuos. Una de las preguntas más interesantes que podemos abordar desde la paleoecología es si durante la evolución humana se alcanzaron valores semejantes y en qué contextos ecológicos. Según estudios previos, este sería el caso de los grupos de Homo antecessor que ocuparon Atapuerca hace 850.000 años, cuyo entorno ecológico, con una fauna herbívora abundante y una competencia carnívora manejable, pudo sostener densidades de población similares.

 

Esa es una de las aportaciones de la paleoecología cuantitativa. No se trata sólo de reconstruir qué especies vivían en un lugar, sino de entender cómo circulaban la energía y los alimentos dentro de las comunidades del pasado. Desde esa perspectiva, los grupos humanos dejan de verse como figuras aisladas y pasan a integrarse en las redes tróficas del Pleistoceno, donde dependían, como cualquier otra especie, de un entramado complejo de interacciones ecológicas.

 

Tal vez esa sea una de las lecciones más interesantes de este tipo de estudios. Mucho antes de convertirnos en la especie que domina el planeta, también nosotros dependimos de equilibrios frágiles. Durante cientos de miles de años, la abundancia de alimento condicionó el tamaño de nuestras poblaciones, igual que ocurre con cualquier otra especie. Estudiar cuántos humanos podía alimentar un ecosistema no sólo nos ayuda a entender mejor el Paleolítico, sino que también nos recuerda hasta qué punto nuestra historia estuvo, y en el fondo sigue estando, ligada a los recursos que la naturaleza es capaz de sostener.